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A tan solo una hora de Madrid, escondida entre montañas y valles del río Lozoya, se alza una de las infraestructuras hidráulicas más impresionantes de España: la presa de El Atazar. Con una silueta imponente y una historia técnica que mezcla ingeniería y naturaleza, esta gigantesca construcción se ha convertido no solo en una pieza clave para el abastecimiento de agua de la Comunidad de Madrid, sino también en un símbolo de cómo el ser humano puede trabajar en armonía con el entorno. 

Construida en 1972, El Atazar fue concebida como la joya de la corona del sistema de regulación del río Lozoya, una cuenca fundamental para el suministro de agua a la capital y su región. Con una capacidad total de 425,3 hectómetros cúbicos —casi la mitad del agua que consume Madrid—, se posiciona como la mayor reserva hídrica de la Comunidad. 

Su diseño no es menos impresionante: una presa bóveda de doble curvatura que alcanza los 134 metros de altura y se extiende a lo largo de casi medio kilómetro. Esta forma, pensada para optimizar la resistencia y estabilidad de la estructura, permite que la presión del agua se distribuya hacia las laderas de la montaña, lo que la hace especialmente segura y eficiente. 

Y como todo gigante, El Atazar tiene su propio sistema nervioso: una red de sensores de última tecnología que realiza más de 250.000 mediciones anuales. Cada dato, ya sea sobre presión, temperatura o movimiento, se analiza en tiempo real desde el Centro de Control, garantizando así la integridad de la infraestructura y la seguridad de las poblaciones aguas abajo. 

Pero más allá de su papel funcional, la presa guarda también un carácter legendario. En sus más de cinco décadas de existencia, solo en tres ocasiones ha ocurrido un fenómeno tan especial como raro: el agua ha llegado a rebosar por su aliviadero superior. Ocurrió en 1988, luego en 1991, y ahora, en julio de 2025, este espectáculo natural ha vuelto a repetirse. 

Que El Atazar haya alcanzado su máxima capacidad no es un simple dato técnico: es un evento digno de celebración (y de respeto). El agua ha sido liberada por el aliviadero superior a razón de 3 metros cúbicos por segundo, devolviendo al río Lozoya parte de la vida que de él nace. Este acontecimiento no solo demuestra la abundancia hídrica tras meses de intensas precipitaciones, sino también el excelente estado del sistema de presas gestionado por el Canal de Isabel II.