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El 3 de diciembre de 1896, en los astilleros Bay Yard en Port Glasgow se botaba un elegante velero de tres mástiles bautizado como Glenlee. Nadie podía imaginar entonces que aquel barco, pensado para transportar grano entre continentes, acabaría convertido en una pieza esencial de la historia naval española bajo el nombre de Galatea. 

Su vida comenzó al servicio de la naviera Archibald Sterling & Co. Ltd., pero como muchos buques de su tiempo, el Glenlee conoció varios propietarios y nombres. En 1898 pasó a ser el Islamount, y en 1905 fue adquirido por la compañía Richard Thomas & Co. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la Royal Navy lo destinó al Servicio de Control de Buques, adaptándolo a las necesidades del conflicto. Finalizada la contienda, el velero volvió a cambiar de bandera y nombre: se convirtió en el Clarastella, navegando para una compañía italiana. 

Pero su destino definitivo estaba en España. En 1922, la Armada lo adquirió gracias a los fondos habilitados por la llamada Ley Miranda, y lo rebautizó como Galatea. Tras ser transformado en buque escuela de Guardiamarinas en los astilleros Echevarrieta y Larrinaga, comenzó una nueva etapa que marcaría generaciones de marinos. Entre 1925 y 1928 fue el principal buque de instrucción de oficiales de la Armada, hasta que el Juan Sebastián Elcano tomó su relevo. Aun así, el Galatea siguió desempeñando labores formativas como buque escuela de maniobra, testigo silencioso del aprendizaje y la disciplina de muchos futuros oficiales. 

Durante la Guerra Civil logró llegar a Ferrol, y en la Segunda Guerra Mundial navegó como buque neutral, identificado con grandes banderas de España. Superó duros temporales, como la borrasca de 1946 cerca de las Azores y un huracán en 1954 cerca de Nueva York. Realizó su último viaje como buque escuela en 1959 y permaneció como pontón de instrucción hasta su baja definitiva en 1982, tras más de seis décadas de servicio a la Armada Española.  

Años después, el anuncio de su desguace conmocionó a la comunidad naval española. La Liga Naval Española emprendió entonces una apasionada campaña para salvarlo, proponiendo convertirlo en museo flotante en Sevilla. Sin embargo, el proyecto no prosperó y el Galatea regresó a Glasgow, su puerto de origen. 

Hoy puede visitarse allí, convertido en museo naval bajo su nombre original, Glenlee. Y aunque ondee otra bandera, en la memoria marítima española siempre conservará su alma de Galatea: un símbolo de vocación, aprendizaje y respeto por el mar, que sigue inspirando a quienes entienden la navegación como una escuela de vida.