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En septiembre de 1792, por iniciativa del Secretario de Marina de Carlos IV, Antonio Valdés y Fernández Bazán, nació una idea visionaria: crear un Museo de Marina al servicio del conocimiento, la historia y la formación de la Armada. Esa visión, que hoy conocemos como el Museo Naval de Madrid, fue recogida en una disposición real firmada el 28 de septiembre de 1792. 

El objetivo era claro: establecer un espacio donde reunir saberes científicos, técnicos y estratégicos que sirvieran para completar la instrucción del Cuerpo de la Armada. No se trataba solo de conservar reliquias, sino de crear un lugar de formación, consulta y reflexión para los marinos e ingenieros de la época. Por eso, se ordenó que el museo contara con una biblioteca general, capaz de concentrar el conocimiento esencial de las ciencias relacionadas con la navegación y la técnica naval. 

Se comisionó a un equipo de expertos formado por el capitán de navío José Mendoza Ríos y los tenientes de navío Martín Fernández de Navarrete, José Vargas Ponce y Juan Sanz y de Barutell. Su misión: buscar, recopilar y traer desde Francia, Gran Bretaña y archivos españoles, planos, instrumentos, documentos y objetos con valor histórico y técnico.  

Sin embargo, los cambios en el gobierno, incluido el relevo de Valdés por Pedro Varela y Ulloa, hicieron que el proyecto quedara interrumpido y olvidado durante décadas. No fue hasta 1843 cuando volvió a tomar forma de manera oficial, estableciéndose finalmente en Madrid, donde desde entonces, aunque en varias ubicaciones, ha sido testigo y guardián de la historia naval española. 

El Museo Naval no solo conserva piezas únicas de la ingeniería y la navegación, también es una fuente de inspiración para quienes ven en el mar un campo de conocimiento sin límites.  Hoy, más de dos siglos después de aquel decreto de septiembre, el Museo sigue cumpliendo su función: instruir, preservar y emocionar. Porque conocer nuestra historia naval es también entender quiénes fuimos, qué hemos construido y hacia dónde navegamos.