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En la historia de la ingeniería en España, pocos nombres brillan tanto como el de José Antonio Fernández Ordóñez. Reconocido no solo por su talento técnico, sino también por su habilidad para integrar la ingeniería con la cultura y el arte, este ingeniero de caminos marcó un antes y un después. 

Nacido en Madrid en 1933, Fernández Ordóñez continuó el legado de su padre, también ingeniero, y desde muy joven mostró una inclinación por explorar nuevos horizontes. Ingresó en la Escuela Especial de Ingenieros de Caminos en 1954 y tras finalizar sus estudios en 1959, comenzó su carrera en Ideam, la oficina de proyectos de su padre. Su enfoque no se limitó a la técnica pura; en su trabajo inicial sobre prefabricación industrial de puentes, realizó viajes por Europa, América y la Unión Soviética para estudiar las últimas innovaciones. 

A lo largo de su vida, Fernández Ordóñez lideró algunos de los proyectos de puentes más destacados de España. Desde el puente del Centenario en Sevilla hasta el Nou Pont del Diable en Martorell, pasando por el de Puente de Fernando Reig de Alcoy. Su obra reflejó una mezcla única de innovación estructural y respeto por el entorno. Sin embargo, su último gran proyecto, el puente del Infante Don Henrique en Oporto, quedó inconcluso tras su fallecimiento en el año 2000. 

Su mandato como presidente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, entre 1974 y 1979, coincidió con la transición política en España. En este contexto, Fernández Ordóñez fomentó la apertura del sector hacia el diálogo con la sociedad. Bajo su liderazgo, el Colegio no solo aprobó nuevos estatutos y expandió su presencia regional, sino que también promovió la publicación de libros que unieron las ciencias, las humanidades y la ingeniería. Llegando en 1980 a ser nombrado colegiado de honor. 

Fue también fundador en 1984 del Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas (CEHOPU), institución clave para preservar y difundir el legado histórico de la ingeniería en España. Su contribución a las artes le llevó a ser académico de Bellas Artes en 1988 y presidente del Real Patronato del Museo del Prado entre 1993 y 1999, donde impulsó reformas clave para modernizar la institución. 

Fernández Ordóñez trascendió los límites de su profesión. Más que un ingeniero, fue un humanista que entendió la infraestructura como un puente entre la técnica y la sociedad, entre la funcionalidad y la estética. Su trabajo no solo solucionó problemas técnicos, sino que enriqueció el patrimonio cultural y artístico de España.