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A finales del siglo XIX, cuando la electricidad comenzaba a transformar ciudades y la ingeniería abría nuevas posibilidades, Miguel Otamendi Machimbarrena ya destacaba por su talento y determinación. Siguiendo el ejemplo de sus primos Alberto y Vicente Machimbarrena, dejó su entorno para trasladarse a Madrid y estudiar Ingeniería de Caminos. No tardó en demostrar su capacidad: terminó la carrera en 1898 como número uno de su promoción. 

Pero Otamendi no se conformó con una brillante formación académica. Interesado por las aplicaciones de la electricidad, decidió ampliar estudios en París, en un momento en el que esta disciplina representaba el futuro del desarrollo urbano e industrial. Aquella inquietud técnica marcaría su trayectoria profesional. 

En 1902 se presentó, junto a Vicente Machimbarrena, al concurso para proyectar un puente en la ría de Bilbao. Poco después se integró en la sociedad Mengemor, junto a Carlos Mendoza, Antonio González Echarte y Alfredo Moreno, participando en proyectos de saltos hidroeléctricos que reflejaban el impulso energético de la época. Al mismo tiempo trabajó en la oficina de Verificación de Contadores Eléctricos y representó a España en los congresos de Electricidad celebrados en San Luis en 1904, consolidando un perfil que combinaba práctica, innovación y proyección internacional. 

Entre 1910 y 1914 ejerció como profesor de Construcción en la Escuela de Caminos. Sus alumnos conservaron un excelente recuerdo de aquella etapa docente. Sin embargo, decidió abandonar la enseñanza para asumir un desafío mayor: el proyecto y la construcción del ferrocarril metropolitano de Madrid. 

Junto a Mendoza y González Echarte, impulsó una infraestructura que cambiaría para siempre la ciudad. Las obras comenzaron en 1917 y el Metro se inauguró en 1919. Durante su ejecución, Otamendi tuvo que responder a campañas que cuestionaban la rentabilidad del proyecto, defendiendo públicamente su viabilidad mediante artículos y folletos. 

El tiempo le dio la razón. El éxito fue inmediato y estuvo ligado al desarrollo de la Compañía Inmobiliaria Metropolitana. Como director de la empresa y, posteriormente, presidente del Consejo de Administración tras la muerte de Mendoza, consolidó un proyecto que transformó la movilidad madrileña. 

En 1946 recibió la Medalla de Plata de Madrid, reconocimiento a una trayectoria marcada por la visión, la constancia y la voluntad de modernizar la ciudad.